lunes 30 de marzo de 2009

Entre la soledad y el vértigo: la voluntad sitiada

Estamos inmersos, nos guste o no, en una era de explosión tecnológica que excede con mucho nuestras posibilidades de rechazo o inadaptación. El ritmo vertiginoso que sigue la evolución de los aparatos electrónicos, impuestos por el actual estilo de vida en Occidente, nos fuerza a acelerar los tiempos propios de forma antinatural. No queda posibilidad alguna de repliegue individual ante tal imposición; tan solo la oportunidad de observar, analizar y reaccionar ante el abuso que un sistema avasallante hace de su derecho de intromisión en terrenos privados que corresponden a cada individuo. Tal sistema pretende uniformar tendencias, conductas, opiniones y hasta sentimientos de millones de seres humanos, sin considerarlos en su identidad personal única, ni tener en cuenta –mucho menos aún– su condición de seres espirituales.

Ahora bien, si a uno le parece que aún le queda esa última –o única– alternativa, es decir, la de reaccionar ante ese injusto proceso masificador en que lo quiere incluir el llamado “progreso”, y decide hacerlo, ¿de qué medios dispone para reaccionar? ¿Sirve de algo el reclamo, la protesta, la oposición? ¿Le ayudará unirse a otros en una campaña colectiva?

La tecnología de la información y de la comunicación, que lo va invadiendo todo a su paso, provoca un efecto de aislamiento individual en detrimento de la posibilidad de cada hombre y mujer de una integración productiva en términos de evolución humana. Así, el joven de cualquier urbe moderna que carece de un rumbo y un propósito dispone, gracias a la tecnología, de ciertos dispositivos que permiten disfrazar su soledad. Cada vez hay más artículos electrónicos para llevar encima, y pareciera que cuanto menos significado encuentra a la realidad que lo circunda, más necesitado está de acompañarse de dichos artículos.

Los dos ejemplos citados (mínima muestra de muchos más, latentes o manifiestos) son situaciones que nos colocan en una posición de desventaja si las aceptamos pasivamente. En el primer caso, cualquiera de nosotros que pretenda ser productivo dentro del sistema imperante, se rinde indefenso ante la velocidad que este sistema imprime a su vida, velocidad nociva en tanto que violenta otro sistema, el interno, con el que cada ser humano viene constituido al nacer.

En el segundo caso, la necesidad creciente de poseer objetos que amenazan con hacérsenos imprescindibles no se nos presenta como algo peligroso. La sutileza del engaño dependerá de la capacidad de observación de cada uno. La intuición derivada de una mínima cuota de autoconservación debería encender la señal de alerta antes de que las falacias que nos venden como supuestos beneficios superen nuestra posibilidad de respuesta consciente.

Las dos situaciones cotidianas mencionadas llevan el germen de una potencia arrasadora incalculable que, como bola de nieve, irá aumentando su tamaño y poder a medida que avanza, si cada hombre y mujer que aprecia su propia vida no se pone en guardia como contra un enemigo (porque lo es).

Todo exceso es un atentado, en primera instancia, contra la salud misma. Nos queda a cada uno la propia conciencia. Se hace imperioso escucharla. El hombre fue puesto en la tierra para enseñorearse de las cosas, y no al contrario. El tiempo es demasiado valioso y si se lo aprecia, cuida, respeta y administra, se convierte en el mejor aliado, y nunca en el tirano con que lo han querido comparar siempre. La vida de cada persona debe prevalecer, recobrar su posición de superioridad como don supremo y como oportunidad única. Desde ahí, entonces, cada quien podrá medir, comparar, analizar, y colocar todo lo demás en el lugar y momento que debe ocupar en el orden más cercano a lo perfecto que se pueda. No somos animales ni tampoco máquinas; no podemos permitir que cosas o situaciones externas nos invaliden como seres pensantes. Cada uno puede y debe decidir si se dejará avasallar. El tirano se esfuma donde no hay víctima para su tiranía. Cada vida humana está destinada a ser una nota perfecta e irremplazable en la magistral armonía que rige todo el universo.


viernes 15 de agosto de 2008

Conciencias aletargadas

Es casi imposible pensar que la paz sea posible, cuando vemos que la crisis que enfrentamos es mundial, es profunda, abarca todos los órdenes, y no hay ningún ser humano que escape a sus efectos. Sin embargo, muy pocos llegan a tomar conciencia de ello.
Cualquiera que contemple la situación de nuestro mundo en este momento, no puede menos que inquietarse, sin importar desde qué ángulo le toque observar: la terrible exclusión que padecen millones de otros seres humanos hasta de los más mínimos derechos, como por ejemplo agua potable, alimento o servicios de salud, eso en un nivel muy elemental de supervivencia, ya que podríamos agregarle un sinnúmero de otros beneficios de que son privados: educación, vivienda digna, calidad de vida...
Si a estas deterioradas condiciones de vida de un gran porcentaje de los habitantes del mundo les sumamos las consecuencias políticas, económicas y sociales (que forman una amalgama indivisible) que tendrá la guerra del Golfo Pérsico, el panorama se torna aún más lúgubre.
Por otra parte, el mal llamado progreso ha sometido a nuestro planeta a un inexorable destino de progresivo deterioro ambiental y ecológico, y eso nos atañe a todos por igual.
El hombre común se encuentra desvalido ante tanta injusticia provocada por la ambición de poder y dominio de unos pocos. Sin embargo, prefiere seguir sumergido en una especie de neblina narcotizante que le impide ver más allá de donde puede alcanzar su mano extendida. La realidad que lo rodea aparece ante él como una película que, como todas, tendrá su fin, de manera que mientras tanto, se puede acomodar en su posición pasiva de espectador. Está muy entretenido en consumir el opio que le ofrece una bien aceitada maquinaria de marketing operada por esos poderosos empeñados en gobernar su destino y el de toda la humanidad. Opio que es la ilusión de una vida “light” de gratificación instantánea, cambio constante por algo más nuevo, culto a la imagen, el placer como primera prioridad, y un modelo al cual aspirar, consistente en belleza-más-juventud-más-dinero-más-éxito, todo ello como la fórmula de la felicidad.
Desde esa neblina de inconsciencia son pocos los que logran despertar y salir para preguntarse por su propia existencia: ¿para qué estoy en este mundo y qué puedo hacer en él y por él? ¿Qué fin le espera al género humano por el rumbo que vamos? ¿En qué clase de sociedad vivirán mis hijos, qué mundo les espera?




(De archivo - abril 2003)
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jueves 31 de enero de 2008

  • Sin fronteras ni banderasPor la armonía en medio de la diversidad

    La integración social es un ejemplo del efecto opuesto al producido por el prisma, por cuanto propone la convergencia en situaciones de comunidad de multitud de individuos de las más variadas características. No obstante, resulta útil aplicar una óptica de prisma a cada individuo o grupo de ellos, con el fin de destacar la suma de un sinnúmero de rasgos individuales que son únicos de respecto de cada persona y particulares de cada grupo. Por lo tanto, desde esta perspectiva enfocamos la sociedad con diferentes miradas: desde cierto ángulo observamos lo individual, desde otro lo particular, y aun desde un tercero, cuando sea conveniente para los propósitos unificadores de la integración, miraremos la sociedad en su conjunto, beneficiada por el aporte particular de cada segmento en los que la hayamos dividido, así como por el aporte individual que brinde alguna persona según su nivel de influencia.
    Quizá sea por esta razón que nos resulta tan difícil contemplar a la humanidad en su conjunto sin parcialidad. Al tener ante nuestros ojos la totalidad fragmentada, nos cuesta mucho invertir el punto de vista. Es como cuando vemos los objetos que nos rodean: captamos infinidad de colores que podemos describir, analizar, clasificar y usar. Sin embargo, la luz en sí misma, como hecho físico, escapa a nuestras posibilidades inmediatas; nuestros sentidos naturales pueden percibir pero no explicar. Hacen falta conocimientos, método e instrumentos.
    De manera similar, es preciso hacernos de un “conocimiento” de la esencia que es común a todos los seres humanos que, si bien no tiene por qué ser científico –como en el caso de la luz física–, requiere de la intención clara de cada persona y de su decisión de adquirirlo para poder observar la realidad y actuar sobre ella desde una posición objetiva y justa.
    Así como la luz es una sola y su manifestación es múltiple, la esencia común a todos los hombres es única, aunque lo primero que vemos es la cantidad de diferencias entre ellos, no solo de aspecto físico, edad u origen, sino de otras características impuestas desde lo externo, como aquellas de orden económico, cultural, educativo o religioso, entre otras. La intención, entonces, de acercarse a esa esencia, supone un esfuerzo por cambiar la visión. No se trata de ver a los hombres, mujeres y niños que componen la humanidad como la extrema diversidad que muestran externamente, sino de verlos –trascendiendo esa visión de lo aparente– en su condición básica de personas, que los iguala y emparenta. Y es éste el punto de partida para cualquier empresa integradora. El énfasis se pone en lo igual y no en lo diferente. Pero es preciso un total acuerdo entre quienes acepten esta igualdad. Es decir, el acuerdo deberá abarcar la totalidad de las características humanas, sin reservas ocultas que puedan dar lugar a prejuicios de ninguna índole.

lunes 13 de agosto de 2007

Efecto Prisma

El efecto del prisma



Estamos confeccionando esta página, que pretende ser un espacio en el que se visualiza al mundo mediante esta metáfora, precisamente: el efecto del prisma. La luz -que es una sola- al atravesarlo se descompone y se transforma en una inmensa variedad de colores. De la misma manera, la realidad llega en forma espontánea a nosotros, y si colocamos nuestra mente y actitud en forma de prisma, podemos ver sus innumerables componentes, y aun dentro de ellos, los matices, formas, dimensiones y movimientos de cada uno, en todos los ámbitos de la vida, considerando ésta en su acepción más amplia. Es interesante notar los efectos de reflexión y refracción que produce un prisma y trasladarlos en su sentido figurado a nuestra cosmovisión personal. No tengo la menor duda de que los especialistas en óptica podrían contarnos detalles hermosos e interesantísimos sobre estos fenómenos físicos, y de paso los invito a que nos ilustren al respecto en este blog. Sé que será provechoso para enriquecer la descripción del efecto del prisma como metáfora de la manera de comprender la vida que, así como la luz, es una y es a la vez múltiple. La unicidad se percibe como diversidad, lo total como la suma de muchas partes, lo estable, firme y perpetuo como incesantes variaciones, en tiempo y espacio, de todo cuanto vemos y experimentamos dentro de la creación, incluyéndonos como integrantes de ella.