Estamos inmersos, nos guste o no, en una era de explosión tecnológica que excede con mucho nuestras posibilidades de rechazo o inadaptación. El ritmo vertiginoso que sigue la evolución de los aparatos electrónicos, impuestos por el actual estilo de vida en Occidente, nos fuerza a acelerar los tiempos propios de forma antinatural. No queda posibilidad alguna de repliegue individual ante tal imposición; tan solo la oportunidad de observar, analizar y reaccionar ante el abuso que un sistema avasallante hace de su derecho de intromisión en terrenos privados que corresponden a cada individuo. Tal sistema pretende uniformar tendencias, conductas, opiniones y hasta sentimientos de millones de seres humanos, sin considerarlos en su identidad personal única, ni tener en cuenta –mucho menos aún– su condición de seres espirituales.
Ahora bien, si a uno le parece que aún le queda esa última –o única– alternativa, es decir, la de reaccionar ante ese injusto proceso masificador en que lo quiere incluir el llamado “progreso”, y decide hacerlo, ¿de qué medios dispone para reaccionar? ¿Sirve de algo el reclamo, la protesta, la oposición? ¿Le ayudará unirse a otros en una campaña colectiva?
La tecnología de la información y de la comunicación, que lo va invadiendo todo a su paso, provoca un efecto de aislamiento individual en detrimento de la posibilidad de cada hombre y mujer de una integración productiva en términos de evolución humana. Así, el joven de cualquier urbe moderna que carece de un rumbo y un propósito dispone, gracias a la tecnología, de ciertos dispositivos que permiten disfrazar su soledad. Cada vez hay más artículos electrónicos para llevar encima, y pareciera que cuanto menos significado encuentra a la realidad que lo circunda, más necesitado está de acompañarse de dichos artículos.
Los dos ejemplos citados (mínima muestra de muchos más, latentes o manifiestos) son situaciones que nos colocan en una posición de desventaja si las aceptamos pasivamente. En el primer caso, cualquiera de nosotros que pretenda ser productivo dentro del sistema imperante, se rinde indefenso ante la velocidad que este sistema imprime a su vida, velocidad nociva en tanto que violenta otro sistema, el interno, con el que cada ser humano viene constituido al nacer.
En el segundo caso, la necesidad creciente de poseer objetos que amenazan con hacérsenos imprescindibles no se nos presenta como algo peligroso. La sutileza del engaño dependerá de la capacidad de observación de cada uno. La intuición derivada de una mínima cuota de autoconservación debería encender la señal de alerta antes de que las falacias que nos venden como supuestos beneficios superen nuestra posibilidad de respuesta consciente.
Las dos situaciones cotidianas mencionadas llevan el germen de una potencia arrasadora incalculable que, como bola de nieve, irá aumentando su tamaño y poder a medida que avanza, si cada hombre y mujer que aprecia su propia vida no se pone en guardia como contra un enemigo (porque lo es).
Todo exceso es un atentado, en primera instancia, contra la salud misma. Nos queda a cada uno la propia conciencia. Se hace imperioso escucharla. El hombre fue puesto en la tierra para enseñorearse de las cosas, y no al contrario. El tiempo es demasiado valioso y si se lo aprecia, cuida, respeta y administra, se convierte en el mejor aliado, y nunca en el tirano con que lo han querido comparar siempre. La vida de cada persona debe prevalecer, recobrar su posición de superioridad como don supremo y como oportunidad única. Desde ahí, entonces, cada quien podrá medir, comparar, analizar, y colocar todo lo demás en el lugar y momento que debe ocupar en el orden más cercano a lo perfecto que se pueda. No somos animales ni tampoco máquinas; no podemos permitir que cosas o situaciones externas nos invaliden como seres pensantes. Cada uno puede y debe decidir si se dejará avasallar. El tirano se esfuma donde no hay víctima para su tiranía. Cada vida humana está destinada a ser una nota perfecta e irremplazable en la magistral armonía que rige todo el universo.
